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SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Quiero parafrasear a Simón Alberto Consalvi con unas palabras que curiosamente definen su trayectoria de manera ejemplar, tomadas de su Diario de Washington: “Las páginas de una vida son como las cartas de una baraja, que se pueden leer de distintos modos e interpretar de manera aislada y diversa’’.

Atender la tradición de un venezolano que ha sido embajador, canciller, ministro, presidente encargado, pero también, y más importante aún, hombre de estado, historiador, periodista, escritor y promotor cultural, no puede ser menos que una tarea compleja, provocadora y fascinante.

En él confluyen fuerzas que no siempre salen bien paradas en la historia: conflictos, paradojas, contradicciones… En fin, el curso de una vida donde palabras como militancia, producción, pensamiento y creatividad no son categorías contrapuestas, sino monedas diferentes de una misma manera de estar parado frente el mundo. Y aquí vale la pena arriesgar una primera conjetura: Simón Alberto Consalvi representa los valores de una figura neorrenacentista, un hombre que encarna las múltiples dimensiones de lo humano. Ese es su signo.

En un continente donde florecen las simplificaciones como la hierba mala, donde la palabra política se ha trasfigurado en un anatema, donde la idea de Democracia se encuentra devaluada y muchos prefieren sustituirla por diferentes perplejidades y abismos, atreverse a invocar la trascendencia de un hombre que ha creído en el Estado, en su fundación y fortalecimiento, en su dimensión de modernidad, por encima de las apetencias y ruindades de los gobiernos y sus gobernantes, podría ser catalogado como una provocación.

Pero esa provocación tiene sentido porque ahí reside uno de los rasgos esenciales de Simón Alberto Consalvi: su capacidad para alzarce por encima de lo peor que han tenido los gobiernos democráticos y resaltar una idea de nación que hoy sin duda tiende que parecernos -en el más doloroso de los casos- una nostalgia.

También los hombres son ciudades, escribió alguna vez otro andino, Oswaldo Trejo, y yo agregaría, son ciudades y también naciones. Naciones como las que ha soñado Simón Alberto Consalvi a lo largo de su vida. Y con las que todavía sueña.

Podría pensarse que muchas de estas afirmaciones giran sobre el vacío de un acto protocolar en donde los formalismos siempre son bienvenidos.

Prefiero atenerme a la realidad de Simón Alberto Consalvi, a los veinte libros que le ha regalado su inteligencia al país, en donde ha pensado las relaciones internacionales de Venezuela con diferentes naciones en circunstancias diversas; en donde ha establecido el perfil de notables merideños empeñados también, como él, en fundar una nación moderna y sólida, ética y espiritualmente; en donde ha reflexionado profundamente sobre la creación de artistas venezolanos que han trascendido al país; y en donde se ha detenido en figuras extranjeras que a su vez pasaron a la historia por haber creado naciones y futuro para sus compatriotas.


Prefiero aquí subrayar su vocación de intelectual atento a las necesidades de un país, que en los años sesenta fue el creador y artífice del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, hoy desaparecido, verdadera carta de navegación con la cual hizo posible la creación de la editorial Monte Avila y la revista Imagen, dos anclas para afirmar la cultura venezolana y darle cobertura internacional.

La primera fue una editorial ejemplar, que nació con un pequeño aporte del Estado, y salió a la calle con títulos que lanzó en su segundo centenario la Enciclopedia Británica, conjuntamente en español cuando estaban saliendo en inglés.

Esa editorial puso a los autores venezolanos en el planeta literario mundial, y rescató nombres y libros que en España, por citar un caso, eran imposibles de encontrar, como Djuna Barnes, Michel Tournier y Clarise Linspector, entre muchos otros. La revista Imagen no fue menos ambiciosa, y se nutrió de las pasiones de los escritores latinoamericanos perseguidos por dictaduras, o que empezaban a deslumbrar a los lectores con sus ficciones totalizadoras, como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.

Cuando uno se acerca a la vida de Simón Alberto Consalvi, la ecuación entre el hombre de la cultura y el hombre de la política pareciera fácil de resolver, a favor del primero por encima del ciudadano público. Pero cabe recordar aquí que Consalvi fue el artífice de que Venezuela reestableciera relaciones con Cuba, en los años setenta, después de catorce años de ruptura total.

Esa dimensión de las relaciones internacionales, esa visión de una cancillería que salta por encima de los juegos florales para apostar por la solución de conflictos continentales, tiene la marca de un hombre que nunca dejó de ser un intelectual, y que siempre priorizó la cultura por encima de todas las otras verdades que lo rodeaban.

Prueba de estas palabras es una de sus más recientes creaciones, la Biblioteca Biográfica Venezolana, empresa insólita en los tiempos que corren: producir cien biografías de venezolanos trascendentes, ubicarlos en su importancia, dejar constancia de su obra y vida. Desde los tiempos en que Rufino Blanco Bombona creara la Biblioteca América, no presenciábamos una aventura de la imaginación que intentara esta vez fundar un país a partir de sus hombres fundamentales.

Ahí está la mano, las ideas, la visión de Simón Alberto Consalvi, que no se cansa de decirnos que para existir hace falta nombrar, que para nombrar hace falta creer en una nación y apostar por lo mejor que brilla en ella.

 

Fuente:

Sergio Dahbar. Gente que Necesita Terapia. Pagina Web:
http://gentequenecesitaterapia.blogspot.com/2006/01/las-creaciones-de-simn-alberto.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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